A GÜIRO, CAJÓN Y PIANO. DANZONES MARAVILLA

Por José Loyola Fernández (Notas discográficas del álbum Con Güiro, Cajón y Piano)

El danzón, al transitar en su ejecución del tambor de parche al tambor de cajón, constituye una novísima sonoridad en el tratamiento de este género genuino de la música cubana. Así lo apreciamos en este fonograma que nos presenta el Sello BIS MUSIC, a partir de la idea y la invención siempre interesante y convincente de un talento musical, como el del destacado percusionista, arreglista, director de agrupaciones charangueras y profesor, Enrique Lazaga Varona.

          La presente propuesta, concebida para piano, güiro y cajón, es un trío excepcional, conformado por virtuosos en cada uno de los instrumentos, donde el piano es interpretado por diferentes solistas, y el güiro, parte inseparable del acompañamiento rítmico percusivo del danzón, ofrece, además, otras facetas inéditas a cargo del maestro Lazaga.

          La aparición del cajón, una especie de tambor idiófono, en el papel de percusión acompañante en el danzón, es una novedad que revoluciona el universo sonoro de esta música, ya que la función percusiva acompañante la han asumido los tambores de parche o membranófonos, a saber: tímpani, timbales y pailas, en dependencia del tipo de agrupación y época.

          En los albores del siglo XX, era habitual encontrar en los cafés y teatros del país, a pianistas solos o con el acompañamiento de pequeños formatos de percusión, tocando en esos locales de divertimento, cuyo repertorio básico abarcaba entre otros géneros: contradanzas, danzas, habaneras y danzones. Este fonograma recrea el universo sonoro del piano con el pequeño formato de percusión.

        Los diez danzones seleccionados se diferencian en sus contenidos estético-musicales y estilos interpretativos. Traslucen épocas diversas en su evolución. Ello posibilita que cada pianista solista pueda exponer su particular virtuosismo técnico y expresivo.

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Lo inicia Emilio Morales, un excelente y experimentado intérprete. Su pianismo aquí, descansa en el conocido danzón Virgen de Regla, de Pablo O´ Farrill. A manera de Preludio, introduce un breve fragmento del tradicional canto a Yemayá, antes de dar paso al danzón propiamente. Es la apertura a la integralidad del fonograma, como si Yemayá limpiara con sus aguas los senderos y desbrozara los posibles impedimentos a la recepción de las maravillas sonoras aquí presentes. Morales resalta las diferentes secciones del danzón con gran virtuosismo y estilo. Concluye con un final o Postludio, basado en el toque de esa deidad, donde la polirritmia de los tambores batá son sustituidos por los diseños figurativos que ejecuta Luis Adrián en el cajón, mientras el güiro de Lazaga asume la función rítmico-tímbrica del chekeré. En conjunto, resulta una interpretación magistral.

          Clásico entre los clásicos, El clarín de la selva, de Antonio María Romeu, clasifica entre las 10 maravillas del fonograma. El pianismo de Harold López-Nussa penetra y se mueve en la intrincada selva del universo sonoro de teclas, martinetes, cuerdas y pedales, donde converge el virtuosismo de este grande del piano. La parte correspondiente a la sección Segundo Trío, entrelaza el diseño rítmico del danzón con fragmentos de rumba en la percusión. Nos acerca a una combinación pianística, en la cual confluyen estilos mozartianos con sonoridades cercanas a las danzas cervantinas, toda una joya que se desliza hasta las improvisaciones magnificentes.

          Penicilina, de Abelardo “Abelardito” Valdés, es un danzón famoso en su totalidad, pero principalmente por la sección del Segundo Trío, debido a un contenido interpretativo muy flautístico. El destacado pianista Roberto Carlos Rodríguez Valdés “Cucurucho”, descendiente de una familia de grandes virtuosos del piano, aborda ese Segundo Trío como si hubiese sido compuesto para el piano. Es excelente y convincente. El planteamiento armónico modernista enriquece el clasicismo danzonístico, con la sabrosura del montuno, las flexibilidades del tempo y sus complejidades en el desarrollo de la improvisación, más la precisión métrica del acompañamiento del güiro y el cajón, este último engrandece la ejecución con el toque en otros instrumentos idiófonos como cencerro y platillo, hasta desembocar en la Coda.

          El destacado pianista Jorge Boulet, ofrece una traslación del famoso danzón La flauta mágica, concebido por Alfredo Brito y Antonio María Romeu. La pieza es el estandarte de los grandes flautistas virtuosos de las más importantes charangas de Cuba. Sin embargo, Boulet ha logrado esta versión impecable en su concepción y ejecución al piano, adaptando magistralmente los diseños figurativos de la flauta a la técnica de las teclas, sin perder la esencia del estilo original.

          La Cleptómana, es originalmente un bolero de Manuel Luna y Agustín Acosta, llevado a danzón cantado. Adquiere una nueva dimensión al ser interpretado en el contexto de este trío instrumental, con el pianismo sobresaliente de José Portillo Herrera. La extensión del montuno permite al cajonero, Luis Adrián López-Nussa, realizar efectos característicos del cencerro, improvisaciones en el cuerpo del cajón, y a Lazaga improvisar pequeñas figuraciones, sin abandonar el curso de la marcha, algo muy original.

          Alejandro Falcón, destacado pianista, conocedor experimentado del danzón, de sus estructuras y de los estilos interpretativos, presenta otro clásico, El cadete constitucional, de Jacobo Rubalcaba. Demuestra las cualidades de gran músico que lo han colocado en las elevadas cumbres de la estelaridad. La improvisación excelente, variada y estilística del cajón, nos recuerda las figuraciones que realiza el tambor batá Iyá en los toques yoruba.

          Esta especie de antología incluye Osiris, de Enrique Jorrín, una obra muy conocida de la época del chachachá, con la estructura característica del danzón y la evidente influencia del “cha”. La sección de Trío fue originalmente concebida para violín solista y es donde irrumpe de manera sorprendente, el pianista Orlando Pérez “Landy”, conocido por su larga trayectoria en la famosa Orquesta Aragón.  Landy triunfa con su versión de extraordinario y exquisito pianismo, y se las arregla para sostener el fundamento violinístico y entregarlo al piano. Logra una ejecución supermagistral, con un toque muy novedoso, fino, exuberante en los diseños figurativos y depurado en la técnica, de gran limpieza y lirismo poético-melódico en su conjunto.

          La propuesta abarca, también, danzones de estructuras y sonoridades más modernas. En ese sentido se inscriben los tres siguientes.

                 Aldo López Gavilán, presenta un danzón de su propia creación, con una excelente interpretación de gran maestro del piano. Su obra Contigo pan y cebolla, muestra una sonoridad asentada en las más puras tradiciones pianísticas de los compositores-pianistas cubanos precursores de la historia del instrumento. Expone una síntesis estilística que penetra en la cubanía más profunda, siempre con la expresividad y el virtuosismo característicos de Aldo. Crea un danzón con una estructura morfológica interesante que evoluciona en las secciones de Introducción y de Tríos, y en el Montuno proyecta las improvisaciones con un ímpetu creativo, al propiciar la interrelación del piano con las intervenciones de la percusión, en un concepto de totalidad sonora.

              Petit Flor, de Ernán López-Nussa, interpretada por el propio compositor, uno de los grandes virtuosos del piano en todas las variantes de la música popular cubana, de concierto y el jazz. Este danzón, sin apartarse de la esencia típica del género, irrumpe en el cosmos sonoro de las modalidades más auténticas del jazz, con un acercamiento a los estilos interpretativos del ragtime y el blues, fuentes primigenias de las corrientes posteriores de la música norteamericana. Se integran aquí al concepto danzonístico de este talentoso compositor-pianista. El resultado es una pieza sobresaliente, con una interpretación elevadísima.

         La muestra concluye con la pieza Cubanos por el mundo, de Roberto Carcassés, interpretada por el propio compositor en una demostración de pianismo magistral. Es la única obra del fonograma donde se escucha una voz que brota de lo profundo de este danzón, con un canto breve, pero emotivo ejecutado por el creador, elemento que enriquece, no solo a esta pieza en particular, sino que trasciende a la totalidad del fonograma, como para cerrar el ciclo de las 10 maravillas sonoras en el contexto del danzón, cuya concepción se completa con la grabación, mezcla y masterización del ingeniero Daniel Legón Campo y se engrandece con la producción musical del experimentado José Manuel García Suárez y Enrique Lazaga.

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